| La adicción a la nicotina y la nueva religión de los fármacos para dejar de fumar |
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Puede ser contra sentido para quienes quieren dejar la adicción a la nicotina, leer que la creencia en los medicamentos para dejar de fumar es un obstáculo en lugar de un facilitador.
En esta creencia, el sujeto deposita en una sustancia el poder que le permite abandonar otra. Todo pasa como si el mundo se rindiese a la idea de que nuestros pensamientos y emociones no son más que una secreción de nuestros cerebros.
Algunos médicos, que se conducen con cautela ante la complejidad de la vida anímica, son capaces de ver cuando tales productos para dejar de fumar son ineficaces en algunas personas. Aún la eficacia medida estadísticamente, para un determinado producto, cuenta con la resistencia de cierta disparidad o singularidad del sujeto.
En la nueva religión de los medicamentos, se sustituyen aquellas estrategias que situaban toda la posibilidad de cambio en un experto y sus recetas, y se promueve toda una ética que busca eximir al sujeto de hacerse cargo de sí mismo. El antiguo camino de la sugestión ya no es suficiente, hay que conocer el mecanismo esencial de la adicción, que sería igual para todos y del que se deriva un tratamiento estándar.
La posición de experto, queda desplazada así a la de “fuente de validez”, es decir, para algunos comerciantes lo importante es asegurar que detrás de todo hay alguien que sabe mucho, sujeto de la ciencia que ha descifrado los misterios que nos mueven a todos. No es posible estimar cuanto ha perdido el propio discurso médico con este desplazamiento, en una sociedad que ha visto desfallecer la práctica de la medicina que estaba al pendiente de lo que el sujeto tiene por contar sobre su padecer.
Al margen de estas consideraciones queda el esperanzado, con su historia personal relegada por el descubrimiento de estas nuevas piedras filosofales, capaces de transformar una cuota de sufrimiento en oro para las arcas de cierta industria. Esta es una carrera contra el tiempo, donde todo preguntar al sujeto se convierte en contra-tiempo, una calamidad de la que no sólo se queja la industria sino el propio sujeto que hace coro con la maximización de las ganancias.
A un lado quedan las características particulares que son reflejadas por algunos como anomalía estadística: aquellos sujetos que tienen ideas suicidas, se sienten agobiados de tristeza, pierden el apetito o comen de más, o la exacerbación de los llamados “síntomas psiquiátricos”, que reintroduce la figura del experto para normar la aplicación segura del medicamento. Pese a los fines centrados en la salud del sujeto, inestimables para nuestra institución, se debe permitir interrogar a los métodos principalmente en su nivel ético, horizonte que se desaparece en la relación proveedor- consumidor.
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